Traté de levantarme, mis músculos no cedían, no lograba conectar mi cerebro con el ritmo de los espasmos de mi cuerpo. Todos los impulsos que mandaba o al menos eso creía, se atoraban en alguna parte entre mi pensamiento y mis neuronas. Sentía que si por un instante me olvidaba de mi corazón, éste dejaría de latir, o si me olvidaba de contraer y relajar mis pulmones me asfixiaría.
Todo mi ser estaba al revés, los movimientos involuntarios de mi organismo se habían vuelto dependientes de mí querer y los otros, los voluntarios eran ya imposibles para mí, mi libertad se había terminado.
La luz, la luz era un dolor en mi conciencia; tanta blancura me dejaba ciego. No sabía si era blancura u obscuridad.
Mi cabeza está dentro de una pecera, no se si escucho o no escucho nada, las palabras rebotan en un eco que choca en cada esquina del laberinto de mi mente. Escucho una voz, no se si viene de afuera, la escucho casi más adentro de mis huesos. Pensaba. Al fondo, al fondo hay una puerta, debe haber una escalera tras de ella. Atrás hay una escalera, creo que escucho pasos subir.
Me levanté como pude sintiendo toda la pesantez de mi ser en cada una de mis articulaciones, caí, no se cuanto tiempo tarde en incorporarme, no se cómo pero llegué a la puerta de mi habitación. El piso olía a detergente, por más que abría los ojos no alcanzaba a ver el fondo del corredor, el techo parecía estar más allá del cielo y el suelo colgaba hacia el sur.
—Me voy a resbalar hasta el infierno—. Pensé.
Las paredes se apretaban y se encogían, estaba montando una serpiente. Me tragó pero llegué a la puerta del fondo, la abrí y vi la escalera.
La escalera se tendía hacia abajo, en el horizonte, en línea recta pero iba hacia arriba; estaba atada de sus extremos, colgaba, no hacía abajo sino hacia los lados. Pisé un escalón y rodé unos cuantos escalones; cuando me levanté el corredor del fondo seguía a la misma altura sólo que del otro lado. Quise bajar un piso , caminé como veinte escalones, llegué al mismo lugar que al principio . Di la vuelta y subí diez escalones entonces llegué al otro extremo del corredor.
El oxígeno me entraba sin ritmo, mi corteza cerebral daba cada vez más vueltas, el corazón cada vez iba más aprisa, sentía que se iba a reventar, la luz comenzó a molestarme aun más; quise volver a mover mi cuerpo y no pude, la sangre se me estaba evaporando del cuerpo.
Una corriente iluminó todo mi cuerpo. Todo se e apagó por completo, se apagó.
—No te muevas, no te muevas— . Me ordenaron.
Me tomaron de los brazos, hicieron que inclinara mi cabeza hacia adelante, alguien sacó algo de mi boca. Me escurría saliva por toda la cara. Abrí los ojos y sólo vi el techo. Estaba amarrado a la cama, no quería moverme. La luz entraba por mis ojos acariciando mis pupilas. Ya no tuve que pensar en mi corazón, ni en mis pulmones, todo había vuelto a su ritmo. Mi cuerpo yacía como flotando en medio de la habitación.
Giré la cabeza hacia el lado izquierdo entonces vi un escalón, volteé hacia la derecha y vi otro escalón y al darme cuenta estaba rodeado de escalones que no iban a ninguna parte, busqué entonces la puerta pero ya no estaba, había tantas escaleras una sobre otra, todas hechas nudo.
—Colócalo otra vez en su boca—. Escuché de nuevo. —Todos hacia atrás. Uno, dos ...
Todo se apagó.
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