Sostenía su cuerpo en el vacío, viajaba
por la nada a través del espacio oscuro iluminado, que parecía infinito. Su
cabello ocre, color tierra de la muerte, su piel suave, pálida casi
transparente. Estaba ahí, contemplando su apostura que irradiaba ámbar en
óculos noctámbulos por haber soñado con ella. —¿Alguna
vez vendrá a mí?— Pregunté. —Tal vez—
contestó la ninfa de la noche mientras caía a un costado de suspiro. Y soñé con
ella alada entre mis sombras, con el tul de giros envuelto en mis pensares. Ahí
estaba, en el seno de la vida irradiando su locura de princesa herida, extrañante
de Sigsfrido. Con Tchaikovski de cómplice miramos las estrellas. Ella vino a mí,
a tientas escapando de Rothbart…
En medio de la luna tentó mi corazón de
lujurias, un beso le robé y caímos por
el lienzo del ensueño, otro beso, un adiós y desperté.
Al día siguiente sin aliento, corrí por
entre los encinos, el aire aciago corroía mis sentidos. —Es tarde—
pensé, —Iván querrá que le dé explicaciones—.
Mientras corría, con la cámara y la bolsa entre las piernas enredadas no dejé
de sentir el sueño aquel embriagador. Iba liviano del alma, enamorado,
endiosado por la ninfa… —Quisiera verla otra vez—.
—¿Dónde has estado,
preguntó Iván con tomo y mirada enojada, crees que yo sólo podré levantarlo
todo. Tú sabes que esta escenografía especialmente es complicada. Seguramente
te quedaste dormido.
—En un momento te
ayudo. Contesté.
Comencé a levantar los bastidores y
llevarlos a su sitio, ordené los practicables uno a uno con sus respectivos soportes.
No podía dejar de pensar en la ninfa de cabello color ocre. —¿Quién
sería?, ¿Por qué llegó hasta mí?—pregunté
murmurando mientras buscaba una palometa que faltaba. Intenté repasar a todas
las chicas del cuerpo de baile, ninguna me parecía era ella. Abrí mi bolsa
buscando un martillo. Me di cuenta que el dije ya no estaba. Lo busque por
debajo de todo. —¿Dónde lo habré tirado?—
pensé, —es el único recuerdo que tengo de Alicia, ella me
pidió antes de partir que siempre lo conservara— murmuré.
—Deja de hablar
solo, cada vez estás más raro. Dijo Iván con todo de burla.
—Nunca entenderás
cuanto. Afirmé.
—De prisa, que ya
es casi la hora de la función. Afirmó tajante Iván.
Una, dos, tres llamadas. Todos en sus
lugares, bailarines, tramoyistas, espectadores. Ese día quise quedarme entre
bambalinas. Sentía una necesidad casi sepulcral de mirar todo el Ballet. Una
vez más. Los acordes de la orquesta comenzaron, se avizoran los jardines del
castillo, un príncipe, una reina… princesas… Ninguna como ella. Cae el telón,
se levanta. Un bosque encantado, un lago. Aparece Odette, la ninfa volátil. Mi
corazón da un vuelco, muero y vuelvo. Renazco. Un cisne mujer alado con cabello
ocre.
De pronto, en medio de la oscuridad una
luz de diamante cegó mis ojos, brillaba en medio del escenario, se fue
aclarando la luz de tanta blancura, cada vez menos… hasta que solo quedó el
resplandor en ella. Junto a su corazón, arriba, debajo de su sonrisa de nube…
estaba ahí, el dije de Alicia… entonces comprendí que la Ninfa vino a mí.
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