En el campo verde pasan rodando las montañas de arena,
fijan sus
horizontes en el vértigo del péndulo infinito.
Brisa a mis oídos
la voz de un amor que vuela desde lejos,
se posa a mis
espaldas tentando mi alma.
Susurra en las
noches consumiendo mi velo en dubitaciones.
Inclino la cabeza
hacia el este,
miro la estrella
de la fuga y pienso: ¿dónde quedarán las auroras?
Caigo en la
quimera de una visión.
Escucho su nombre,
su aire.
Los
santos balbucean a mi mente: "éste será"...
Será el guerrero que descubra los mundos,
será
el guardián de los océanos, hijo de Neptuno.
Es Calíope y
a la vez Orisha de agua.
Lleva un caracol,
se monta en una piedra tras el arrecife.
Es Tritón hijo de
Anfírite guía de las Nereidas.
Me ha dicho que la
ha visto caminar en el trigal, descalza del alma, vestida de blanco, pura y
angelical.
Ella recorre su
mano sobre el trigo que crece desde el seno oscuro de la tierra y simboliza la
vida,
la resurrección,
ha venido a tranquilizar el océano intranquilo de su alma.
Hijo de Elewa,
inteligente y hábil un poco ardid otro tanto seductor.
Quiere ser mío,
tocado por Odette, por la mirra del daimonion que corre entre mis huesos.
Piensa en Afrodita
cuando solo existe una ninfa poeta de la Nayade, solo una Nereida.
Tritón le
secuestra su canto y su baile en las aguas dulces donde escribe
garabatos,
objeto de poder
del Orisha.
Me ha advertido en
soledades, tras la escalera del silencio,
debajo de mi piel
desde antaño,
sirena de aguas
dulces.
Un poco seductora
otro poco ardid.
Somos
coincidentes, hijos del agua y de la tierra.
Caminantes del
cosmos, camino de los otros.
Otredad y
similitud.
Amor y
desamor.
Silencio y
barullo.
El océano te
extraña,
la Sílfide canta
tu voz y clama tu miga.
Viajero del
universo.
Me han dicho
ellos: "Él será el guerrero".
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